«Sueño una vida marista donde no haya miedo de emprender caminos inéditos».

c.martin  21Jue Mar, 2013 



Hermano Daniele, ¿qué nos cuentas de tu vida?, ¿Puedes presentarte a los lectores de la web Vocación Marista?

Mi familia estaba compuesta por mis padres, mi hermano, dos años y medio mayor que yo, y por mí. En casa se respiraba siempre un clima de serenidad y yo percibía fuertemente la unión entre mis progenitores. Mi padre era un hombre entero, con un carácter fuerte y simpático, afectuoso y cordial siempre con todos, firmemente enraizado en los valores de la laboriosidad, honestidad y solidaridad. Su religiosidad era muy concreta y marcada por la acción. Falleció en el 2002.

Mi madre, sin embargo, tiene un carácter más tímido, menos emprendedor y ha unido siempre la dulzura al deseo de educarnos de manera sana y sólida. Tanto mi padre como mi madre estaban muy presentes en casa y no dejaban de ayudarnos en el estudio o en las pequeñas y grandes dificultades que encontrábamos. Mi hermano y yo somos muy diferentes de carácter: yo más semejante a mi padre, mientras que él se asemeja más a mi madre. No obstante, hemos estado siempre de acuerdo y nuestra diversidad ha sido siempre vivida como complementariedad.

¿Por qué hermano marista?

Esas son cosas de Dios. Mi contacto con los maristas fue de pequeño, porque después de haber hecho Infantil con las hermanas salesianas, fui a la escuela primaria al San Leone Magno, donde ya estudiaban mis primos mayores.

Fui al Postulado a los 23 años. Quería ir después de la prueba de madurez, pero mis padres me pidieron hacer la universidad, para sentirse más tranquilos por haberme acompañado hasta el fin de los estudios. Yo acepté y así, conseguida la licenciatura en matemáticas, partí hacia Viterbo, donde hice un año de Postulantado. Creo que haber retrasado la partida hasta terminar la Universidad haya sido bueno.

Seguramente aquello que me ha empujado a ser hermano marista han sido los jóvenes y el deseo de educarlos. Era animador en San Leone Magno y me gustaba mucho; además me parecía que valía y, cuando estaba en medio de los niños más pequeños, me sentía realizado al poder transmitirles cualquier cosa o solamente poder ser un compañero de camino un poco más experto.

Después, al buscar profundizar en mi vocación, he encontrado a Dios de una manera más profunda y en la oración he construido una relación con Él. Me vienen ganas de sonreír si pienso en cómo esta relación ha tenido una evolución siempre imprevisible y siempre más profunda.

De tu trabajo diario en el campo de la misión marista, ¿qué es lo que más te satisface?

Sin duda la enseñanza y las actividades de pastoral en grupos de jóvenes me han dado muchísimo. Enseñar y coordinar un grupo te permite entrar en contacto con los jóvenes diariamente, no solo de vez en cuando… Además, en aquella cotidianeidad he podido transmitirles muchos más conocimientos relativos a mi materia. En el vivir juntos, como en una familia, en el diálogo, en la enseñanza, en el intercambio, en el enriquecimiento recíproco, he vivido momentos fortísimos de comunicación de mí y de lo que llevaba dentro del corazón.

Otra actividad que me ha formado como persona ha sido el acompañamiento personal de jóvenes. Acompañar ha sido un modo de mirar dentro mí mismo sobre todo e interrogarme sobre lo que les proponía. He podido desarrollar la capacidad de sentir al otro y, por lo tanto, de conocerme mejor a mí mismo.

Marista hoy, ¿vale la pena? 

Naturalmente. La emergencia educativa hoy es evidentísima y el mundo de los jóvenes tiene necesidad de puntos de referencia y de interlocutores significativos. Los jóvenes, hasta cuando no lo saben, están a la búsqueda de un modo de vivir adecuado a ellos, de ideales que llenen su corazón y, sobre todo, de personas dispuestas a recomenzar con ellos siempre después de cada caída.

Como hermano marista sueño la posibilidad de ocuparme de los niños o jóvenes con dificultades, necesitados de atención, escucha y amor. Sueño una vida marista más carismática, donde no haya miedo de emprender caminos inéditos e inventar nuevos modos de educar a los jóvenes. Sueño una vida marista más sencilla y alegre, en la que la fraternidad sea el signo externo más elocuente de nuestra vocación.